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Italo Calvino 

La Habana, Cuba, 1923 -


        En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades reconocibles.
Son todas inventadas; he dado a cada una un nombre de mujer; el libro consta
de capítulos breves, cada uno de los cuales debería servir de punto de partida
de una reflexión válida para cualquier ciudad o para la ciudad en general.
        El libro nació lentamente, con intervalos a veces largos, como poemas que
fui escribiendo, según las más diversas inspiraciones. Cuando escribo, procedo
por series: tengo muchas carpetas donde meto las páginas escritas, según las
ideas que me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que quisiera escribir.
Tengo una carpeta para los objetos, una carpeta para los animales, una para las
personas, una carpeta para los personajes históricos y otra para los héroes de la
mitología; tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una sobre los cinco
sentidos; en una recojo páginas sobre las ciudades y los paisajes de mi vida, y en
otra, ciudades imaginarias, fuera del espacio y del tiempo. Cuando una carpeta
empieza a llenarse de páginas, me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de
ellas.
        Así en los últimos años llevé conmigo este libro de las ciudades, escribiendo
de vez en cuando, fragmentariamente, pasando por fases diferentes. Durante un
período se me ocurrían sólo ciudades tristes, y en otro sólo ciudades alegres;
hubo un tiempo en que comparaba a la ciudad con el cielo estrellado, en cambio
en otro momento hablaba siempre de las basuras que se van extendiendo día a
día fuera de las ciudades. Se había convertido en una suerte de diario que seguía
mis humores y mis reflexiones; todo terminaba por transformarse en imágenes
de ciudades: los libros que leía, las exposiciones de arte que visitaba, las
discusiones con mis amigos.
        Pero todas esas páginas no constituían todavía un libro: un libro (creo yo)
es algo con un principio y un fin (aunque no sea una novela en sentido estricto),
es un espacio donde el lector ha de entrar, dar vueltas, quizá perderse, pero
encontrando en cierto momento una salida, o tal vez varias salidas, la posibilidad
de dar con un camino que lo saque fuera. Alguno de nosotros me dirá que esta
definición puede servir para una novela con una trama, pero no para un libro
como éste, que debe leerse como se leen los libros de poemas o de ensayos, o
cuando mucho de cuentos. Pues bien, quiero decir justamente que también un
libro así, para ser un libro, debe tener una construcción, es decir, es preciso que
se pueda descubrir en él una trama, un itinerario, un desenlace.
        Nunca he escrito libros de poesía, pero sí muchos libros de cuentos, y me
he encontrado frente al problema de dar un orden a cada uno de los textos,
problema que puede llegar a ser angustioso. Esta vez, desde el principio, había
encabezado cada página con el título de una serie: Las ciudades y la memoria,
Las ciudades y el deseo, Las ciudades y los signos; pero llamé Las ciudades y
la forma a una cuarta serie, título que resultó ser demasiado genérico y la serie
terminó por distribuirse entre otras categorías. Durante un tiempo, mientras
seguía escribiendo ciudades, no sabía si multiplicar las series, o si limitarlas a
unas pocas (las dos primeras eran fundamentales), o si hacerlas desaparecer
todas. Había muchos textos que no sabía cómo clasificar y entonces buscaba
definiciones nuevas. Podía hacer un grupo con las ciudades un poco abstractas,
aéreas, que terminé por llamar Las ciudades sutiles. Algunas podía definirlas
como Las ciudades dobles, pero después me resultó mejor distribuirlas en otros
grupos. Hubo otras series que no preví de entrada; aparecieron al final,
redistribuyendo textos que había clasificado de otra manera, sobre todo como
«memoria» y «deseo», por ejemplo Las ciudades y los ojos (caracterizadas por
propiedades visuales) y Las ciudades y los trueques, caracterizadas por
intercambios: de recuerdos, de deseos, de recorridos, de destinos. Las continuas
y las escondidas, en cambio, son dos series que escribí adrede, es decir con
una intención precisa, cuando ya había empezado a entender la forma y el
sentido que debía dar al libro. A partir del material que había acumulado fue
como estudié la estructura más adecuada, porque quería que estas series se
alternaran, se entretejieran, y al mismo tiempo no quería que el recorrido del
libro se apartase demasiado del orden cronológico en que se habían escrito los
textos. Al final decidí que habría 11 series de 5 textos cada una, reagrupados
en capítulos formados por fragmentos de series diferentes que tuvieran cierto
clima común. El sistema con arreglo al cual se alternan las series es de lo más
simple, aunque hay quien lo ha estudiado mucho para explicarlo.
        Todavía no he dicho lo primero que debería haber aclarado: Las ciudades
invisibles se presentan como una serie de relatos de viaje que Marco Polo hace
a Kublai Jan, emperador de los tártaros. (En la realidad histórica, Kublai,
descendiente de Gengis Jan, era emperador de los mongoles, pero en su libro
Marco Polo lo llama Gran Jan de los Tártaros y así quedó en la tradición
literaria.) No es que me haya propuesto seguir los itinerarios del afortunado
mercader veneciano que en el siglo trece había llegado a la China desde donde
partió para visitar, como embajador del Gran Jan, buena parte del Lejano
Oriente. Hoy el Oriente es un tema reservado a los especialistas y yo no lo
soy. Pero en todos los tiempos ha habido poetas y escritores que se inspiraron
en El Millón como en una escenografía fantástica y exótica: Coleridge en un
famoso poema, Kafka en El mensaje del emperador, Buzzati en El desierto de
los tártaros. Sólo Las mil y una noches pueden jactarse de una suerte parecida:
libros que se convierten en continentes imaginarios en los que encontrarán su
espacio otras obras literarias; continentes del «allende», hoy en que del
«allende» se puede decir que ya no existe y que todo el mundo tiende a
uniformarse.
        A este emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder
poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le
habla de ciudades imposibles, por ejemplo una ciudad microscópica que va
ensanchándose y termina formada por muchas ciudades concéntricas en
expansión, una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo, o una ciudad
bidimensional como Moriana.
        Cada capítulo del libro va precedido y seguido por un texto en cursiva en el
que Marco Polo y Kublai Jan reflexionan y comentan. El primero de ellos fue el
primero que escribí y sólo más adelante, habiendo seguido con las ciudades,
pensé en escribir otros. Mejor dicho, el primer texto lo trabajé mucho, me había
sobrado mucho material, y en cierto momento seguí con diversas variantes de
esos elementos restantes (las lenguas de los embajadores, la gesticulación de
Marco) de los que resultaron textos diversos. Pero a medida que escribía
ciudades, iba desarrollando reflexiones sobre mi trabajo, como comentarios de
Marco Polo y del Jan, y estas reflexiones tomaban cada una por su lado y yo
trataba de que cada una avanzara por cuenta propia. Así es como llegué a tener
otro conjunto de textos y traté de que fueran paralelos al resto, haciendo un
poco de montaje en el sentido de que ciertos diálogos se interrumpen y después
se reanudan; en una palabra, el libro se discute y se interroga a medida que se
va haciendo.
        Creo que lo que el libro evoca no es sólo una idea intemporal de la ciudad,
sino que desarrolla, de manera unas veces implícita y otras explícita, una
discusión sobre la ciudad moderna. A juzgar por lo que me dicen algunos
amigos urbanistas, el libro toca sus problemáticas en varios puntos y esto no
es casualidad porque el trasfondo es el mismo. Y la metrópoli de los pig numbers
no aparece sólo al final de mi libro; incluso lo que parece evocación de una
ciudad arcaica sólo tiene sentido en la medida en que está pensado y escrito con
la ciudad de hoy delante de los ojos.
        ¿Qué es hoy la ciudad para nosotros? Creo haber escrito algo como un
último poema de amor a las ciudades, cuando es cada vez más difícil vivirlas
como ciudades. Tal vez estamos acercándonos a un momento de crisis de la
vida urbana y Las ciudades invisibles son un sueño que nace del corazón de
las ciudades invivibles. Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la
destrucción del ambiente natural como de la fragilidad de los grandes sistemas
tecnológicos que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando metrópolis
enteras. La crisis de la ciudad demasiado grande es la otra cara de la crisis de
la naturaleza. La imagen de la «megalópolis», la ciudad continua, uniforme, que
va cubriendo el mundo, domina también mi libro. Pero libros que profetizan
catástrofes y apocalipsis hay muchos; escribir otro sería pleonástico, y sobre
todo, no se aviene a mi temperamento. Lo que le importa a mi Marco Polo es
descubrir las razones secretas que han llevado a los hombres a vivir en las
ciudades, razones que puedan valer más allá de todas las crisis. Las ciudades
son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje;
son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de
palabras, de deseos, de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las imágenes
de ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente, escondidas
en las ciudades infelices...
        Casi todos los críticos se han detenido en la frase final del libro: «buscar
y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y
dejarle espacio». Como son las últimas líneas, todos han considerado que es la
conclusión, la «moral de la fábula». Pero este libro es poliédrico y en cierto
modo está lleno de conclusiones, escritas siguiendo todas sus aristas, e incluso
no menos epigramáticas y epigráficas que esta última. Es cierto que si esta frase
se ubica al final del libro no es por casualidad, pero empecemos por decir que el
final del último capítulo tiene una conclusión doble, cuyos elementos son
necesarios: sobre la ciudad utópica (que aunque no la descubramos no podemos
dejar de buscar) y sobre la ciudad infernal. Y aún más: ésta es sólo la última
parte del texto en cursiva sobre los atlas del Gran Jan, por lo demás bastante
descuidado por los críticos, y que desde el principio hasta el final no hace sino
proponer varias «conclusiones» posibles de todo el libro. Pero está también la
otra vertiente, la que sostiene que el sentido de un libro simétrico debe buscarse
en el medio: hay críticos psicoanalistas que han encontrado las raíces profundas
del libro en las evocaciones venecianas de Marco Polo, como un retorno a los
primeros arquetipos de la memoria, mientras estudiosos de semiología
estructural dicen que donde hay que buscar es en el punto exactamente central
del libro, y han encontrado una imagen de ausencia, la ciudad llamada Baucis.
Es aquí evidente que el parecer del autor está de más: el libro, como he explicado,
se fue haciendo un poco por sí solo, y únicamente el texto tal como es autorizará
o excluirá esta lectura o aquélla. Como un lector más, puedo decir que en el
capítulo quinto, que desarrolla en el corazón del libro un tema de levedad
extrañamente asociado al tema ciudad, hay algunos de los textos que considero
mejores por su evidencia visionaria, y tal vez esas figuras más filiformes
(«ciudades sutiles» u otras) son la zona más luminosa del libro. Esto es todo lo
que puedo decir.





        El hombre camina días enteros entre los árboles y las piedras. Rara
vez el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como el
signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano
anuncia una vena de agua, la flor del hibisco el fin del invierno. Todo el
resto es mudo e intercambiable; árboles y piedras son solamente lo que
son.
        Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adentra
en ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo
no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas
indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo
de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones
delfines torres estrellas: signo de que algo —quién sabe qué— tiene por
signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales indican lo que está
prohibido en un lugar —entrar en el callejón con las carretillas, orinar
detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente— y lo que es lícito
—dar de beber a las cebras, jugar a las bochas, quemar los cadáveres de
los parientes—. Desde las puertas de los templos se ven las estatuas de
los dioses representados cada uno con sus atributos: la cornucopia, la
clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles
las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su
forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad bastan para
indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela
pitagórica, el burdel. Incluso las mercancías que los comerciantes exhiben
en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas:
la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado
poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo
voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la
ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y
mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres
con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.

        Abandonada antes o después de haber sido habitada, no se puede
decir que Armilla esté desierta. A cualquier hora, alzando los ojos entre
las tuberías, no es raro entrever una o varias mujeres jóvenes, espigadas,
de no mucha estatura, que retozan en las bañeras, se arquean bajo las
duchas suspendidas sobre el vacío, hacen abluciones, o se secan, o se
perfuman, o se peinan los largos cabellos delante del espejo. En el sol
brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico desde las duchas,
los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras, la espuma de las
esponjas.

        En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles
no se conocen. Al verse imaginan mil cosas las unas de las otras,
los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones,
las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie,
las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras
miradas, no se detienen.
        Pasa una muchacha que hace girar una sombrilla apoyada en su
hombro, y también un poco la redondez de las caderas. Pasa una mujer vestida de negro que representa todos los años que tiene, los ojos
inquietos bajo el velo y los labios trémulos.
        Pasa un gigante tatuado; un hombre joven con el pelo blanco;
una enana; dos mellizas vestidas de coral. Algo corre entre ellos, un
intercambio de miradas como líneas que unen una figura con otra y
dibujan flechas, estrellas, triángulos, hasta que en un instante todas las
combinaciones se agotan y otros personajes entran en escena: un ciego
con un guepardo sujeto por una cadena, una cortesana con abanico de
plumas de avestruz, un efebo, una jamona. Así entre quienes por
casualidad se juntan bajo un soportal para guarecerse de la lluvia, o se
apiñan debajo del toldo del bazar, o se detienen a escuchar la banda en
la plaza, se consuman encuentros, seducciones, copulaciones, orgías,
sin cambiar una palabra, sin rozarse con un dedo, casi sin alzar los ojos.

        Los habitantes de Valdrada saben que todos sus actos son a la vez
ese acto y su imagen especular que posee la especial dignidad de las
imágenes, y esta conciencia les prohibe abandonarse ni un solo instante
al azar y al olvido. Cuando los amantes mudan de posición los cuerpos
desnudos piel contra piel buscando cómo ponerse para sacar más placer
el uno del otro, cuando los asesinos empujan el cuchillo contra las venas
negras del cuello y cuanta más sangre grumosa sale a borbotones, más
hunden el filo que resbala entre los tendones, incluso entonces no es
tanto el acoplarse o matarse lo que importa como el acoplarse o matarse
de las imágenes límpidas y frías en el espejo.



 
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